Lo más habitual es que los niños tengan miedo y empiecen a llorar cuando les toca consulta del pediatra. Para facilitar la relación, ahora la mayoría de los pediatras no llevan bata blanca, hablan de forma amigable, no suelen pinchar las vacunas (ese trabajo se lo dejan a la enfermera) y suelen pedir permiso al niño antes de hacer cualquier cosa.

Pero en muchos casos aún así el niño solo con ver al médico ya llora. Eso es algo que merece un profundo estudio y también habría que dedicar horas de análisis al comportamiento de los padres en el momento que el niño empieza a llorar.

Muchos se empeñan en impedir que llore a toda costa, o taparle la boca con el chupete, a veces cantan para superar el nivel sonoro del llanto y otros lo abrazan tan fuerte que casi no puede respirar. Con estos movimiento o actitudes, lo único que hacemos es transmitir toda nuestra inseguridad al niño. Al abrazarlo le decimos inconscientemente que lo protegeremos de ese señor tan malo.

A lo mejor, sería interesante que dejáramos solos al pediatra y al niño en la consulta, de esa forma igual desaparece el mal rollo que hay entre ellos.

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